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Planes y panoramas

100 cosas para hacer en pareja, ordenadas por esfuerzo

Las listas de planes en pareja fallan porque mezclan un tinto en la esquina con un viaje de tres días. Ordenadas por cuánto cuestan de organizar, se vuelven utilizables: hay planes para un martes cansado y planes para un puente.

Equipo Editorial 100 Aventuras6 de agosto de 202625 min de lectura
Pareja caminando por la ciclovía un domingo en la mañana, con la ciudad despertando alrededor

El problema de las listas de cien planes es que son ilegibles. Nadie a las nueve de la noche de un miércoles recorre cien viñetas para decidir qué hacer. Por eso esta va agrupada por lo único que importa en el momento de decidir: cuánto cuesta organizarlo.

Usa la sección que corresponda a la energía que tienen hoy, no la que corresponde a la pareja que les gustaría ser.

¿Qué se puede hacer en pareja en menos de una hora y sin salir de casa?

Para los días en que salir no va a pasar. Son los que sostienen la relación entre plan y plan.

  1. Cocinar algo que ninguno sabe hacer, leyendo la receta en voz alta.
  2. Poner cinco canciones cada uno y contar por qué eligieron cada una.
  3. Ver fotos del celular de hace tres años.
  4. Escribir cada uno tres cosas que agradece de la semana y leerlas.
  5. Hacer la lista de lugares del barrio donde nunca han entrado.
  6. Comer sin televisor y sin celulares en la mesa.
  7. Enseñarle al otro algo que sabes hacer y él no.
  8. Armar juntos la playlist del próximo viaje.
  9. Bailar una canción completa en la cocina.
  10. Contar cómo estuvo el día del otro antes de que lo cuente.
  11. Leer en voz alta un capítulo de un libro.
  12. Planear un viaje que probablemente no van a hacer.
  13. Responder preguntas por turnos, tres cada uno.
  14. Organizar juntos un cajón que llevaba meses.
  15. Tomar tinto en la tarde como si fuera un plan y no un trámite.
  16. Escribirle una nota y dejarla donde la encuentre mañana.
  17. Ver un capítulo de la serie que él o ella veía de niño.
  18. Dejar listo de noche el desayuno del día siguiente, juntos.
  19. Hacer la lista de las diez mejores cosas que les han pasado juntos.
  20. Mirar el techo veinte minutos sin hacer nada más.

¿Qué hacer en pareja en casa cuando tienen la tarde entera?

Los veinte de arriba están hechos para una hora. Una tarde completa en casa es otro problema y casi ninguna lista lo trata: con cuatro o cinco horas por delante y sin nada decidido, lo que pasa en la práctica es que cada uno termina en su celular en el mismo sofá, y a las siete de la noche los dos tienen la sensación de haber desperdiciado el día sin haber hecho nada malo.

Lo que separa una tarde en casa buena de una tarde perdida no es la actividad: es que haya una sola cosa que dure. Tres planes de una hora encadenados no llenan la tarde, la fragmentan. Un plan que ocupe el bloque entero —algo que se cocine lento, algo que se arme, algo que se termine— sí.

Ocho tardes completas en casa, cada una pensada para ocupar el bloque entero:

  1. El almuerzo de tres horas. Un sancocho, un ajiaco o cualquier cosa que no se pueda apurar: la lista de mercado, la ida a la tienda, la olla y la sobremesa son el plan completo, no el trámite previo.
  2. El archivo. Bajar las fotos de un año entero, elegir veinte, mandarlas a imprimir y armar algo con ellas. Empieza como tarea y termina como conversación.
  3. La tarde de aprender algo inútil. Un video largo y hacerlo mal los dos: pan, un nudo, un truco de cartas, un baile. Lo que ocupa la tarde es el intento, no el resultado.
  4. El clóset con historia. Vaciar uno de los dos clósets y contar de dónde salió cada prenda. Se termina con dos bolsas para regalar y con la mitad de la vida del otro contada.
  5. La película que uno vio mil veces y el otro nunca. Con una condición: que quien la conoce se calle. La conversación de después es la mitad del plan.
  6. El proyecto de la casa. Colgar lo que lleva meses apoyado en la pared, pintar un mueble, armar una matera. Es la única categoría que deja algo a la vista después.
  7. El plan del año. Una hoja, el calendario de festivos al lado y fechas de verdad: qué puentes se van a usar, para qué, y quién pide el permiso en el trabajo.
  8. La tarde de preguntas. Un mazo —las cartas de parejas de conexiones profundas o una lista propia—, el teléfono en otro cuarto y tres o cuatro preguntas con sus repreguntas. Dura mucho más de lo que parece.

Dos reglas deciden cómo sale la tarde. La primera es apagar el televisor antes de empezar y no en el camino: encendido "de fondo" convierte cualquiera de los ocho en un plan a medias. La segunda es no anunciarla como plan de pareja; decir "pasemos la tarde juntos" pone encima una expectativa que nadie cumple, y decir "voy a hacer sancocho, me ayudas" termina en lo mismo sin el peso.

Y si esa tarde en casa es la única que van a tener en la semana, conviene protegerla del celular con más cuidado que un plan de calle: afuera el teléfono estorba, en casa compite y gana.

¿Qué planes de una tarde en la ciudad se deciden el mismo día?

Requieren salir pero no reservar. Casi todos se deciden el mismo día.

  1. Ir al barrio donde vivía uno de los dos antes de conocerse.
  2. Recorrer una plaza de mercado y comprar sólo cosas que ninguno haya probado.
  3. Subir a un mirador al atardecer.
  4. Ir a cine a la película de la que menos saben.
  5. Visitar un museo entre semana, cuando está vacío.
  6. Salir a la ciclovía un domingo temprano.
  7. Elegir una cafetería nueva cada semana durante un mes.
  8. Ir a una librería y elegirse un libro el uno al otro.
  9. Caminar por un barrio que ninguno conoce, sin mapa.
  10. Ir a una fritanguería o a un puesto que lleve décadas ahí.
  11. Alquilar bicicletas y recorrer un parque grande.
  12. Ir a un partido de un deporte que ninguno sigue.
  13. Tomar el TransMilenio o el metro hasta el final y devolverse caminando un tramo.
  14. Retratarse el uno al otro durante una tarde completa.
  15. Ir a una obra de teatro sin leer de qué se trata.
  16. Buscar el mejor helado o la mejor obleada de la zona, con método.
  17. Ir a un parque a leer, cada quien lo suyo.
  18. Visitar un cementerio patrimonial o un centro histórico.
  19. Hacer el mercado juntos y volverlo entretenido.
  20. Recorrer una avenida completa de punta a punta.

¿Qué planes valen la pena para un fin de semana o un puente festivo?

Colombia tiene más puentes festivos que casi cualquier país de la región, y casi nadie los usa bien. Uno o dos planes grandes al mes es un ritmo sostenible.

  1. Escaparse a un pueblo cercano y volver el mismo día.
  2. Hacer un paseo de olla a un río.
  3. Caminar un sendero fácil de montaña.
  4. Dormir una noche fuera de la ciudad, aunque sea cerca.
  5. Ir a un pueblo patrimonio a menos de tres horas.
  6. Tomar juntos un taller corto de algo.
  7. Ir a una zona cafetera o a una finca a ver cómo se produce.
  8. Visitar a alguien que ninguno de los dos ha visto en años.
  9. Acampar, aunque sea una sola noche.
  10. Manejar una carretera sin destino definido.
  11. Ir a unas aguas termales.
  12. Pasar un día completo sin celular, fuera de la ciudad.
  13. Ver el amanecer desde un punto alto.
  14. Hacer un picnic largo, con siesta incluida.
  15. Ir a un festival de música pequeño.
  16. Volver al lugar de la primera cita.
  17. Recorrer un tramo de costa o de río caminando.
  18. Ver estrellas lejos de la luz de la ciudad.
  19. Visitar el pueblo de origen de la familia de uno de los dos.
  20. Hacer un viaje corto en bus sólo por el trayecto.

¿Qué hacer en pareja cuando la lluvia arruina el plan?

Aquí las estaciones no organizan el año, pero la lluvia y los festivos sí. Estos son para el aguacero que arruina el plan que ya tenían.

  1. Ver el aguacero desde la ventana, sin hacer nada más.
  2. Ir a un museo justo el día de lluvia, cuando está vacío.
  3. Hacer sancocho en casa un domingo, con la olla grande.
  4. Buscar una cafetería con ventana grande y quedarse hasta que escampe.
  5. Leer juntos una tarde entera, cada uno lo suyo, en el mismo sofá.
  6. Cocinar algo que tome tres horas y no se pueda apurar.
  7. Maratón de películas con cobija y sin agenda.
  8. Ordenar el clóset contando la historia de cada prenda.
  9. Chocolate con queso a media tarde.
  10. Escribir una carta a mano, cada uno para el otro, y no leerla hasta el día siguiente.
  11. Jugar cartas toda la noche, con apuestas que no sean dinero.
  12. Aprender juntos algo en video y practicarlo mal la misma tarde.

¿Qué planes aprovechan un día seco y soleado?

Los días buenos hay que gastarlos afuera, porque no avisan cuándo vuelven.

  1. Salir a la ciclovía y desayunar en el camino.
  2. Picnic en un parque grande, con mantel y todo.
  3. Caminata temprano, antes de que caliente.
  4. Escaparse a un pueblo cercano sin reservar nada.
  5. Alquilar bicicleta y no fijar el recorrido.
  6. Comer afuera hasta que oscurezca.
  7. Subir a un mirador a media tarde.
  8. Jugar tejo, aunque ninguno de los dos sepa.
  9. Nadar en un río a menos de dos horas.
  10. Ver el atardecer desde una terraza.
  11. Andar en bicicleta de noche por calles vacías.
  12. Ir a un mercado campesino y cocinar con lo que compraron.

¿Qué planes de pareja sobreviven a diciembre?

Diciembre en Colombia tiene su propio calendario y casi todo se llena con compromisos ajenos. Estos son los que se pueden hacer de a dos.

  1. Recorrer los alumbrados a pie, no en carro.
  2. Hacer natilla y buñuelos en casa, aunque queden mal.
  3. Escaparse un día antes de que empiecen las novenas.
  4. Ir a una novena y quedarse poco, de común acuerdo.
  5. Comprar juntos el regalo del amigo secreto de cada uno.
  6. Planear el año siguiente en una hoja, con fechas de verdad.
  7. Hacer la lista de lo mejor del año, cada uno la suya, y compararlas.
  8. Salir a caminar el 1 de enero, cuando la ciudad está vacía.

¿Qué planes sirven para un aniversario o una fecha propia?

Estos no dependen del clima ni del calendario nacional: dependen de la historia de ustedes dos.

  1. Volver al restaurante de la primera cita.
  2. Rehacer el primer plan que hicieron juntos, igual de mal si hace falta.
  3. Escribirse una carta para abrir en un año.
  4. Ver las fotos del primer año, sin apuro.
  5. Preguntarse qué cambiaron el uno del otro, y contestar en serio.
  6. Repetir un viaje viejo y comparar lo que recuerda cada uno.
  7. Cocinar el plato de la primera vez que uno cocinó para el otro.
  8. Empezar la lista de lo que quieren hacer en los próximos cinco años.

¿Qué planes funcionan cuando todavía viven cada uno en casa de sus papás?

Casi ninguno de los de arriba, y por una razón que las listas nunca mencionan: la mitad de los planes de pareja dan por hecho una casa propia donde estar solos. Cuando los dos viven en familia, que en Colombia es lo normal hasta bien entrados los veinte y a veces más, el problema no es la plata ni el tiempo. Es que no hay dónde.

Lo que se pierde con eso no es la intimidad sino la conversación larga sin público. Se puede salir a comer, a cine y a caminar todo lo que quieran, y aun así pasar meses sin una hora seguida a solas.

Los planes que resuelven eso son los que compran espacio en vez de comprar actividad:

  1. Un parque grande a media mañana entre semana, que a esa hora está prácticamente vacío.
  2. Un mirador o una loma con caminata de subida: el trayecto es la conversación.
  3. Una cafetería lejos del barrio de los dos, elegida justamente porque ahí no van a encontrarse con nadie conocido.
  4. La ciclovía del domingo, que da horas de ir hablando uno al lado del otro.
  5. Un bus intermunicipal a un pueblo cercano, donde la ida y la vuelta valen más que el destino.
  6. Una biblioteca pública, que suena raro y es el lugar silencioso más barato de cualquier ciudad.
  7. Un almuerzo largo entre semana, si los horarios dan, en vez de una comida de sábado con la ciudad llena.
  8. Cocinar en casa de uno de los dos cuando no hay nadie, avisando con tiempo y sin dejarlo a la suerte.

Tres cosas ayudan más que la lista:

  • Traten la casa ajena como visita, no como plan de pareja. Ir a casa del otro a estar con su familia es un buen plan y es otro plan. Confundir los dos deja a todos a medias: ni conversaron entre ustedes ni acompañaron a nadie.
  • Fijen una hora, no un día. "El sábado" se llena de compromisos familiares antes de que se den cuenta. "El sábado de tres a seis" sobrevive.
  • Cuenten el trayecto como parte del plan. En una ciudad que se atraviesa en dos horas, el recorrido suele ser el rato a solas más largo de toda la semana. Ir conversando en vez de ir cada uno en su celular cambia la semana entera.

Y una advertencia sobre la plata: cuando no hay casa, casi todos los planes cuestan algo, y eso termina haciendo que la pareja se vea menos de lo que quisiera. Los ocho de arriba están elegidos para que la mayoría no dependa de eso; conviene tener siempre dos o tres a mano para las semanas en que no hay con qué.

¿Qué planes funcionan cuando uno de los dos trabaja los fines de semana o por turnos?

Vale la pena decirlo, porque deja fuera a media lista de un golpe: si uno de los dos trabaja en salud, en comercio, en un restaurante, en seguridad o en un call center, las tres secciones que dependen del sábado y del domingo no le sirven de nada. Y no es un caso raro: el fin de semana libre compartido es una suposición de oficina, no una realidad mayoritaria.

Lo primero que hay que soltar es la idea de recuperar el fin de semana. Una pareja con turnos que espera a que coincidan dos días libres se ve una vez al mes, y ese encuentro llega cargado con la expectativa de tener que valer por las cuatro semanas anteriores, que es justamente lo que lo arruina.

Lo que funciona es mover el plan a tres lugares del calendario que sí existen:

  1. El día libre entre semana. Es el mejor activo que tiene esta pareja y casi nadie lo usa como plan: un martes hay museos vacíos, restaurantes sin fila, parques sin gente y entradas más baratas. Casi todos los planes de la sección de la ciudad mejoran un día laboral.
  2. El borde del turno. Un desayuno antes de entrar a las dos de la tarde, o una comida a las once de la noche al salir, son ratos de a dos de verdad. Son cortos y eso está bien: veinte planes de esta lista duran menos de una hora.
  3. La mañana que uno tiene libre y el otro no. Acompañar al otro en el trayecto, aunque sea sólo la ida, es media hora conversando que de otro modo no existe.

Cuatro cosas que ayudan más que cualquier plan:

  • Pongan los turnos en un calendario compartido. Suena burocrático y es lo que más rinde: cuando los dos ven la semana del otro, el rato libre en común aparece solo y deja de ser una negociación por mensaje.
  • Fijen el plan con un mes de anticipación, no con una semana. En casi todos los trabajos por turnos se pueden pedir cambios si se piden temprano. Con una semana ya no.
  • Bajen la expectativa del día libre compartido. Cuando por fin cae uno, la tentación es llenarlo de plan grande. Suele rendir más dividirlo: algo corto en la mañana y la tarde sin agenda.
  • Acepten el plan asincrónico. Ver la misma serie cada uno a su hora y comentarla, o dejarse la comida hecha, no es un plan menor: es lo que sostiene la semana cuando no hay horario común.

Y una cosa que conviene conversar en voz alta antes de que se vuelva resentimiento: quién está cediendo más horas. En las parejas con turnos desiguales casi siempre hay uno que ajusta su vida entera al horario del otro, y como nunca se dice, se acumula. Nombrarlo una vez cada tanto vale más que todos los planes de la lista.

Si además hay hijos en la casa, la logística cambia otra vez y conviene mirar los planes que funcionan con toda la familia adentro, que están en 100 actividades en familia.

¿Qué planes sirven cuando uno de los dos vive en otra ciudad?

Es el caso de más esfuerzo de toda la lista y el más frecuente de lo que parece: uno se queda en su ciudad y el otro se va a Bogotá, a Medellín o a Cali por el trabajo, por la universidad o porque allá estaba la oportunidad. La relación sigue entera; lo que desaparece es el plan improvisado, que era la mitad de lo que la sostenía.

Conviene entender qué se rompe exactamente, porque no es lo que la gente cree. No se pierde la conversación importante: esa se cuida sola, porque las dos personas saben que hay poco tiempo. Lo que se pierde es lo cotidiano sin importancia —el trancón, la vecina, lo que pasó en la oficina—, y sin eso las llamadas se vuelven informes: cada uno cuenta las noticias grandes de la quincena y cuelgan con la sensación de haberse puesto al día sin haber estado juntos.

Por eso los planes que funcionan a distancia no son los que compensan con intensidad, sino los que reponen lo chico:

  1. Hacer lo mismo a la misma hora: cocinar el mismo almuerzo un domingo, cada uno en su cocina, con el teléfono apoyado.
  2. Ver una serie sincronizados y comentarla por escrito mientras avanza.
  3. Mandarse la foto más aburrida del día y no la mejor: la fila del banco, el almuerzo, la ventana.
  4. Nota de voz larga en vez de mensaje escrito, que se escucha en el bus y es lo más parecido a estar al lado.
  5. Una llamada corta y fija —quince minutos, siempre a la misma hora— en vez de una larga cuando se pueda.
  6. Leer el mismo libro con fecha de conversación puesta en el calendario.
  7. Jugar algo por teléfono, que da un motivo para llamar que no es ponerse al día.
  8. Un fondo común para los pasajes del próximo viaje, con monto fijo mensual.
  9. Mandar algo físico dos veces al año: una carta, una foto impresa, algo que sólo se consigue en la ciudad de cada uno.
  10. Tres preguntas de un mazo por videollamada, que llenan mejor una hora que cualquier resumen.

La parte que casi nadie planea bien es la visita, y es donde se decide si la distancia se aguanta o no. Tres reglas:

  • Compren el pasaje antes de necesitarlo. Tener la próxima fecha comprada cambia por completo cómo se vive el mes: sin ella, cada semana es una espera indefinida. Con los puentes festivos del calendario colombiano, planear dos o tres al año con anticipación sale mucho más barato que decidirlo sobre la marcha.
  • No llenen el itinerario. La tentación es aprovechar cada hora de los tres días, y el resultado es un fin de semana de turistas. Un día entero en la casa, sin salir, vale más que dos de paseo.
  • Dejen tiempo para el mal rato. En casi todas las visitas cortas hay una discusión, y no es una señal de nada: es la acumulación de lo que no se dijo por teléfono saliendo de golpe. Esperarla la vuelve manejable; que llegue de sorpresa el último día la vuelve el recuerdo de todo el viaje.

Y una conversación que conviene tener temprano, aunque incomode: hasta cuándo. Una distancia con fecha de término es un plazo; una sin fecha es una pregunta abierta que se cuela en todas las demás conversaciones. No hace falta que la fecha sea exacta ni que se cumpla: basta con que los dos estén hablando del mismo horizonte.

Un formato con los planes ya escritos rinde especialmente bien en esta etapa, porque resuelve el problema de las visitas cortas: en vez de gastar el primer día decidiendo qué hacer, ya está decidido. Las opciones están en álbumes para parejas, y para las llamadas de entre medio sirve cualquier mazo de la colección de libros.

¿Cómo se elige un plan cuando uno de los dos siempre dice que le da igual?

Es la falla más común y no se arregla con más ideas. Con cien planes sobre la mesa, la pareja que no logra decidir sigue sin decidir: el cuello de botella nunca fue el catálogo.

Lo que pasa detrás del "me da igual" casi nunca es indiferencia. Suele ser una de tres cosas: que a esa persona le agota elegir después de un día entero eligiendo, que teme proponer algo que al otro no le guste, o que ya propuso varias veces y le dijeron que no. Las tres se ven idénticas desde afuera y se resuelven distinto.

Tres mecanismos que funcionan mejor que insistir:

  • El que pregunta propone dos. Nunca "¿qué quieres hacer?" sino "¿la caminata o la película?". Elegir entre dos opciones concretas cuesta una fracción de lo que cuesta elegir en abstracto, y quien decía "me da igual" casi siempre tiene una preferencia entre dos.
  • Turnos fijos, sin derecho a veto. Una semana elige uno, la siguiente el otro, y el que no eligió va sin quejarse. Quita la negociación entera y, de paso, obliga a conocer lo que al otro le gusta de verdad.
  • El azar decide. Numerar los planes de una sección y sortear uno. Suena tonto y es lo más eficaz: nadie tiene que defender su elección, así que nadie queda como el responsable si el plan sale regular.

Si probaron los tres y sigue sin arrancar, el problema probablemente no es el plan sino la conversación que hay debajo, y eso se resuelve hablando, no agendando.

¿Cuántos de los cien planes se alcanzan a hacer de verdad?

Conviene decirlo antes de que se decepcionen solos: la lista no está hecha para terminarse. Un plan por semana son cincuenta y dos al año, y eso ya es un ritmo alto para una pareja con trabajo, familia y una ciudad que se atraviesa en dos horas. Cien planes es material para dos o tres años, no para uno.

Lo que hunde estas listas no es la falta de tiempo. Es el orden en que se gastan. Casi todo el mundo empieza por los planes grandes —el pueblo, la finca, el viaje— porque son los que dan ganas de leer la lista. Cuando pasa el entusiasmo de los primeros meses queda sólo lo que exige coordinar, justo cuando ya nadie tiene energía para coordinar. Ahí es donde la lista se archiva, y no fue porque se acabaran las ideas.

Tres correcciones que cambian el resultado:

  • Cuatro cortos por cada grande. Los de menos de una hora no son el relleno de la lista: son lo que la sostiene entre plan y plan. Si en un mes hicieron cuatro cortos y uno grande, la lista está funcionando.
  • Tachen también los que no van a hacer. Un plan que a ninguno de los dos le provoca ocupa espacio y da culpa cada vez que abren la lista. Descartarlo en voz alta es tan útil como cumplir uno.
  • Revísenla cada tres meses, no cada semana. Sentarse un rato a mirar qué hicieron y elegir cinco para el trimestre siguiente rinde más que consultarla a las nueve de la noche de un miércoles, que es cuando peor se decide.

Y una señal de que va bien que no tiene nada que ver con el conteo: si al mirar la lista se acuerdan de cómo estuvo alguno de los que ya hicieron, la lista cumplió. Si sólo ven pendientes, se volvió una tarea.

¿Conviene un libro de cien planes o basta con una lista propia?

Depende de dónde esté el problema, y casi nunca está en las ideas.

Una lista hecha por ustedes es gratis, se adapta a lo que de verdad les gusta y se puede ampliar cuando quieran. Su desventaja es única y decisiva: alguien tiene que abrirla, elegir y sostener la costumbre. Eso devuelve exactamente el costo que el formato venía a eliminar, y es la razón por la que la mayoría de las listas mueren en la aplicación de notas.

Un libro o álbum de planes resuelve tres cosas que una lista en el celular no:

  1. La actividad ya viene decidida. No hay que negociar cada vez.
  2. Queda registro. Anotar la fecha y una línea convierte los planes en un archivo de lo que vivieron, que a los seis meses vale más que las ideas pendientes.
  3. No se puede editar sobre la marcha. Una lista propia se recorta sola: se saltan lo que da pereza. Un formato cerrado obliga un poco, y ese empujón es justamente lo que falta un miércoles.

La regla corta: si ya tienen la costumbre de hacer planes, la lista alcanza. Si el problema es que el plan nunca arranca, el objeto ayuda más de lo que parece. Ese formato es el de 100 Aventuras en Pareja, y el resto de opciones está en álbumes para parejas.

¿Qué planes en pareja no cuestan nada?

Casi todas las listas de planes gratis terminan proponiendo un picnic y un atardecer, y el problema no era la falta de ideas. Es que un plan sin costo se siente como el plan de repuesto —el que se hace porque no alcanzó para el otro— y un plan que se siente de repuesto no se disfruta aunque salga bien.

Lo que le da vuelta es elegirlo antes y no después. Un sábado en que decidieron el lunes que iban a caminar el cerro y volver a hacer almuerzo en casa no se parece en nada al sábado en que a las once de la mañana descubrieron que no había plata. Es el mismo plan y es otra cosa.

Doce que funcionan sin gastar:

  1. La ciclovía del domingo temprano, con la vuelta larga y no la corta.
  2. Subir a un cerro o a un mirador de la ciudad y bajar con hambre.
  3. Cocinar juntos algo que ninguno de los dos sabe hacer.
  4. Un tinto en la cocina a las seis de la mañana, antes de que arranque el día.
  5. Recorrer un barrio donde ninguno de los dos ha estado, sin mapa.
  6. Sacar las fotos del primer año y mirarlas completas, sin apuro.
  7. Una tarde de lluvia con música de cuando tenían veinte años.
  8. Caminar del trabajo de uno a la casa del otro, si la distancia lo permite.
  9. Una noche sin celulares, los dos apagados y en otro cuarto.
  10. Escribir cada uno la lista de lo que quiere hacer el año que viene y compararlas.
  11. Ir a un parque grande con termo y quedarse hasta que oscurezca.
  12. Un día completo de casa: desayuno, almuerzo y comida hechos por los dos.

Hay un costo escondido que conviene mirar antes: en una ciudad grande, el plan gratis casi nunca es gratis porque hay que llegar. Dos pasajes de ida y vuelta al otro lado de la ciudad cuestan más que quedarse en el barrio, así que los planes de esta lista que están cerca de la casa son los que de verdad aguantan una semana apretada. Los otros son de fin de mes, aunque no cobren entrada.

Y la regla que sostiene todo el bloque: si el plan sin costo se repite cada semana, deja de ser el plan de repuesto y pasa a ser la costumbre. Lo que estaba fallando no era el presupuesto, era que nadie los agendaba.

¿Cómo hacer que la lista sirva de verdad?

Una lista sola no cambia nada. Lo que la vuelve útil es sacarle la decisión de encima.

  • Elijan al azar. Numerar y sortear evita la discusión de "¿qué quieres hacer?", que es donde mueren la mayoría de los planes.
  • Agenden uno por semana, del tramo más corto, como una noche de cita fija. Los de una hora sostienen el hábito; los de puente son la excepción, no la regla.
  • Anoten cuál hicieron y cuándo. A los seis meses, ese registro vale más que la lista.

Si les funciona el mecanismo pero no quieren administrar la lista a mano, esa es la función de un álbum de citas: la actividad ya viene decidida y queda registro. Las opciones están en la colección de libros. Y si lo que falta no son planes sino conversación, empiecen por cartas de preguntas para parejas.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos de los cien planes se pueden hacer sin salir de casa?

Cerca de la mitad, y son los que de verdad sostienen la relación. En casa caben todos los de menos de una hora —cocinar algo que ninguno ha hecho, ver fotos de hace tres años, comer sin pantallas, responder preguntas por turnos— y además los proyectos largos de un día de lluvia. Los planes de calle son el complemento: dependen del clima, del tráfico y de que los dos tengan el día libre, y por eso son los primeros que se caen.

¿Es lo mismo hablar de cien cosas, cien planes o cien citas en pareja?

Se usan como sinónimos y describen el mismo formato, pero el acento cambia. "Cien cosas por hacer" suena a lista de pendientes y admite planes de cinco minutos; "cien planes" es la forma más común en Colombia y sugiere algo que se organiza; "cien citas" implica que los dos reservaron el rato a propósito. Si buscas cualquiera de las tres vas a encontrar lo mismo: una lista cerrada de actividades ya redactadas, con espacio para marcar cuáles ya hicieron.

¿Qué planes funcionan cuando llevan muchos años juntos y sienten que ya hicieron todo?

Casi nunca es cierto que ya hicieron todo: lo que pasa es que dejaron de proponer. Sirven los planes que cambian el rol y no la actividad —que cada uno organice una salida sorpresa por turnos, que uno le enseñe al otro algo que sabe hacer— y los que recuperan algo de antes, como volver al barrio donde vivió uno de los dos o rehacer un plan de los primeros años. La señal de que el problema no era la falta de ideas es que el primer plan nuevo funciona igual de bien que hace diez años.

¿Qué hacer en pareja cuando no hay presupuesto?

Los planes de menos de una hora en casa son los que más sostienen una relación, y casi ninguno cuesta dinero: cocinar algo nuevo, ver fotos viejas, comer sin pantallas, enseñarle al otro algo que sabes hacer. El obstáculo real suele ser la decisión, no el gasto.

¿Qué hacer en pareja en casa cuando llueve varios días seguidos?

Conviene separar los planes cortos de los largos y no mezclarlos. Para una noche cualquiera sirven los de menos de una hora: cocinar algo que ninguno ha hecho, un juego de mesa, poner música de cuando se conocieron. Para un fin de semana entero encerrados rinden más los proyectos: una receta que tome toda la tarde, ordenar y digitalizar fotos, empezar una serie larga con reglas de no adelantarse. Lo que arruina una temporada de lluvias no es el encierro sino repetir el mismo plan hasta que deja de sentirse como plan.

¿Qué planes en pareja funcionan si uno trabaja los fines de semana o por turnos?

Los tres bloques que dependen del sábado y el domingo no sirven, y esperar a que coincidan dos días libres hace que la pareja se vea una vez al mes. Lo que funciona es mover el plan al día libre entre semana —cuando los museos están vacíos y los restaurantes sin fila—, a los bordes del turno con un desayuno antes de entrar o una comida al salir, y a los planes de menos de una hora. Poner los turnos de los dos en un calendario compartido y fijar el plan con un mes de anticipación resuelve más que cualquier lista.

¿Cuántos de los cien planes se alcanzan a hacer de verdad en un año?

Muchos menos de cien, y conviene saberlo antes de empezar para no abandonar la lista en marzo. A un plan corto por semana y uno grande al mes, un año da para unos sesenta, y eso ya es bastante más de lo que hace la mayoría de las parejas. La lista no es una meta que se cumple: es un lugar de donde sacar la idea cuando llega el sábado y nadie propuso nada.

¿Cómo aprovechar un puente festivo en pareja sin gastar mucho?

Los planes de un día rinden más que los de tres: un paseo de olla, un pueblo a menos de tres horas, una caminata de montaña. Salir y volver el mismo día evita el gasto de alojamiento, que suele ser lo que hace inviable el plan.

¿Existe un libro con cien planes para hacer en pareja?

Sí, el formato existe como álbum o libro de citas: cada página o sobre trae un plan ya decidido y deja espacio para anotar cuándo lo hicieron. Su ventaja sobre una lista propia no son las ideas, sino que nadie tiene que elegir y que queda registro.

¿Conviene comprar un libro de planes o hacer la lista uno mismo?

Si ya tienen la costumbre de hacer planes, la lista propia alcanza y se adapta mejor a lo que les gusta. Si el problema es que el plan nunca arranca, el formato cerrado ayuda: no se puede editar sobre la marcha para saltarse lo que da pereza.

¿Cómo elegir un plan sin discutir cada vez?

Sacando la decisión de la conversación. Numerar los planes y sortearlos, o usar un formato que proponga la actividad al azar, evita la pregunta "¿qué quieres hacer?", que es donde se apaga la mayoría de los planes.

¿Con qué frecuencia conviene hacer un plan en pareja?

Un plan corto por semana y uno grande al mes es sostenible para la mayoría. Intentar una salida grande cada fin de semana suele durar tres semanas; lo que sostiene la costumbre son los planes de menos de una hora.

¿Sirve anotar los planes que ya hicieron?

Sí, y es lo que más se subestima. Anotar la fecha y una línea convierte la lista en un registro; a los seis meses ese registro es más valioso que las ideas pendientes, y es lo que motiva a seguir.

¿Cambian los planes en pareja entre Bogotá, Medellín y Cali?

Cambia el clima, y con el clima cambia qué plan aguanta. En Bogotá el frío y la lluvia de la tarde empujan los planes hacia adentro y hacia la primera mitad del día: caminata temprano, tarde de café, comida caliente. En Medellín el clima templado permite planes al aire libre casi todo el año y a cualquier hora, así que ahí el límite es el tráfico y no el pronóstico. En Cali el calor manda: lo que funciona es temprano en la mañana o después de las seis, y el plan de mediodía al sol se abandona a la media hora. La lista de planes es la misma en las tres ciudades; lo que hay que ajustar es la hora.

¿Qué planes en pareja funcionan un domingo?

Los de la mañana, porque el domingo se acorta solo. La mañana es el mejor momento de la semana para un plan en pareja: hay ciclovía, las calles están vacías y nadie tiene pendientes todavía. Desde el mediodía el domingo se lo suele llevar el almuerzo familiar, y después de las cinco aparece el ánimo de lunes, que arruina cualquier plan que exija salir. Si el domingo es el único día libre que comparten, conviene poner el plan antes del almuerzo y dejar la tarde para lo de la casa, en vez de intentarlo al revés y terminar sin ninguno de los dos.

¿Por qué los planes que no cuestan nada se sienten como plan de repuesto?

Porque casi siempre se eligen al final, cuando ya se descartó lo que sí costaba. Ese orden es lo que los arruina, no el plan. Decidido el lunes, caminar el cerro y volver a cocinar es un sábado completo; decidido el sábado a las once porque no había plata, es un premio de consolación. El mismo plan, elegido antes, se disfruta distinto.

¿Cuál es el costo escondido de un plan gratis en una ciudad grande?

El transporte. Un parque, un mirador o un museo sin entrada dejan de ser gratis cuando hay que cruzar la ciudad de ida y de vuelta entre dos personas. Por eso los planes sin costo que de verdad aguantan una semana apretada son los que quedan cerca de la casa; los del otro lado de la ciudad son planes de comienzo de mes, aunque no cobren nada.

Equipo Editorial 100 Aventuras

Redacción

Equipo editorial de 100 Aventuras. Escribimos sobre vida en pareja, familia y regalos que generan una experiencia en vez de un objeto.

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Equipo Editorial 100 Aventuras16 de agosto de 20266 min de lectura